
Leonor Plantagenet, reina de Inglaterra por la cólera de Dios, observó cómo su joven protegida se ponía rígida de rabia y orgullo. Ella también sentía deseos de gritar de rabia y de dolor por el modo en que sospechaba que aquella niña había sido utilizada, pero no podía permitirse el lujo. Tenía que entrar en acción para salvar el reino y posiblemente la vida de la joven. Teniendo en cuenta que eran las acciones de su hijo las que habían provocado el daño, y ya que ese mismo hijo continuaría con su búsqueda hasta que sus deseos fueran satisfechos, sólo ella podía intervenir e impedir sus planes.
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